Salmerón y la cultura política del lopezobradorismo - Expansión Política

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Hay mucho que desgranar acerca del fiasco que fue –de principio a fin– ­el nombramiento de Pedro Salmerón Sanginés como embajador de México en Panamá, tanto por la decisión y su desenlace como porque este episodio expresa algunos de los rasgos más inquietantes de la cultura política del lopezobradorismo.
Aquí, algunas preguntas para empezar. ¿Por qué el presidente decidió postular a una persona con un perfil tan radicalmente contrario al de un representante diplomático? ¿Qué experiencia, conocimiento o méritos tiene Salmerón para gestionar los intereses de México en aquel país? En otra línea de cuestionamientos, ¿a qué se debe que López Obrador lo tenga –al parecer– en tan alta estima? ¿Hubo otras figuras o grupos con capacidad de influencia promoviéndolo? Finalmente, ¿por qué se manejó con tanto desaseo un trámite que requiere, básicamente, de saber cuidar las formas? ¿Acaso nadie pudo advertirle al presidente lo ofensiva que iba a resultar semejante ocurrencia para les integrantes del Servicio Exterior Mexicano, el movimiento feminista y los panameños? ¿O será que fue una postulación que se decidió sin hacer consultas ni cálculos, más con las gónadas que con la cabeza?
El presidente, sus colaboradores y adeptos evitan hacerse cargo de estas y otras preguntas –normales en cualquier democracia, gobierne el partido que gobierne­–, recurriendo al cada vez más desgastado e inverosímil expediente de victimizarse. No reconocen la validez de los agravios que motivan estas interrogantes; las achacan a la simple mala fe de sus adversarios: quieren ­“que nos vaya mal”, insisten en orquestar una “campaña de desprestigio”, blablablá.
Al hacerlo, exhiben una contundente incapacidad de justificar sus decisiones y de asumir las consecuencias de su manera de gobernar. La estrategia de fingir que son víctimas les sirve para no asumir responsabilidad alguna.
Detrás de esa debilidad impostada se encuentra, sin embargo, el anhelo de un poder sin límites. Que mandar signifique mandar a capricho, sin tomar en cuenta la legitimidad de la crítica, sin concebir que el desacuerdo merece respeto, sin negociar con las resistencias ni responder por los efectos contraproducentes, sin admitir fallas ni atender restricciones: así han querido entender su mandato los lopezobradoristas, como si haber ganado la mayoría absoluta de los votos les avalara todo.
A partir de los resultados de una elección que sucedió hace más de tres años, de una interpretación muy autoindulgente de la popularidad presidencial y de creerse, convenientemente, su propia propaganda, cualquier reparo u obstáculo a la voluntad de López Obrador les resulta antidemocrático. Su “cambio de régimen” consiste en instaurar una “verdadera democracia” en la que no exista otra alternativa (la oposición, ya se sabe, está “moralmente derrotada”) y en la que se les deje hacer y deshacer sin llamarlos a cuentas, conforme a su reverendo antojo (“me canso ganso”), arbitraria e impunemente.
El perfil que estoy intentando definir aquí, en resumidas cuentas, es el de un presidente y una camarilla política muy proclives a la prepotencia, a tomar decisiones más impulsivas que estratégicas, a no saber trabajar su tolerancia a la frustración y –quizá este sea el rasgo fundamental– a mostrar una creciente dificultad para autocontenerse.
Volviendo al caso de Salmerón, al anunciar su nombramiento, López Obrador fue desconsiderado con el cuerpo diplomático profesional del Estado que él mismo encabeza, despreció a las mujeres que acusaron a su candidato de acoso en reiteradas ocasiones, incluso dentro de su propio partido, y maltrató al país de destino que ni siquiera había otorgado su beneplácito. La reacción tan adversa que provocó era perfectamente predecible, evitable, pero nada de eso importó.
Al final, en lugar de reconocer el error y aprender de él, López Obrador volvió a desdeñar a la diplomacia mexicana (postulando ahora a Jesusa Rodríguez, quien tampoco pertenece a las filas de ese servicio profesional de carrera), volvió a despreciar a las mujeres (desairando sus reclamos como si fueran, simplemente, cosas del ITAM) y repitió el insulto a Panamá (al equiparar a su canciller con la Santa Inquisición). Igual que Salmerón, el presidente no supo hacer más que amachinarse.
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