Mario Vega: La honestidad y la rectitud caracterizan a los grandes estadistas - elsalvador.com

Los grandes estadistas, antes de ser pragmáticos, fueron personas de integridad completa. Honestos hasta lo sumo. Sus nombres trascienden el tiempo y los espacios, no por su viveza, sino por su fortaleza moral y espiritual.
Hace una década hubo un intento de controlar la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia por medio del renombrado decreto 743. Se trataba de una violación al principio de independencia entre poderes, que es la garantía para el estado de derecho. Las organizaciones sociales se manifestaron en contra y, como iglesia, era importante recordar los principios bíblicos del ejercicio del poder. Fue así como redacté un artículo de opinión al que titulé «Pragmatismo, ética y política» y que fue publicado en julio de 2011 por El Diario de Hoy. Decía así:
El ejercicio de la política exige un equilibrio entre pragmatismo y ética. La política debe ser pragmática, pero sin dejar de ser ética. Si se entiende como pragmatismo la determinación de la utilidad como el principal criterio de valor, se corre el riesgo de rechazar valores que son evidentes en sí mismos a la espera de sus consecuencias prácticas. En la consecución de utilidades momentáneas se puede vulnerar los límites éticos.
La historia no es un momento sino la suma sucesiva de momentos que van construyendo la realidad. Después de un tiempo, el pragmático puede edificar una imagen propia muy distorsionada con relación a la que en un principio pretendía proyectar. La credibilidad decae y la confianza se pierde. Como una cuenta de banco, que no queda en saldo rojo porque se haga un retiro, tampoco la credibilidad y la confianza se pierden por una sola acción pragmática. Pero, de igual manera que los sucesivos retiros pueden llevar a la quiebra a un buen ahorro, se puede terminar por perder toda la confianza cuando se abusa del sometimiento de los grandes principios por los resultados inmediatos.
Se puede ser político y se puede ser pragmático sin perder la reputación. Esto es posible siempre y cuando no se negocien los grandes valores e ideales. La ética se apoya en verdades universales que lejos de convertirse en debilidades son la única fortaleza que hace al político honorable e intachable. A veces, será necesario sacrificar las comodidades inmediatas. Habrá ventajas coyunturales y tácticas que se deberán dejar pasar en honor a la verdad, la justicia y la honestidad. Éstas poseen fuerza propia y siempre terminarán por abrirse camino. Y si así no fuera, el político conservará una frente amplia y alta por haber hecho lo correcto.
La ética no sacrifica los grandes valores de respeto, justicia y verdad para obtener ventajas. Los valores son sus propias ventajas. Le interesa la justicia por lo que ella es. No la negocia, no la somete a negociaciones tácticas que destruyen la imagen de quienes participan en ellas. A fin de cuentas, la política más poderosa es aquella que se fundamenta en lo correcto. Los grandes estadistas, antes de ser pragmáticos, fueron personas de integridad completa. Honestos hasta lo sumo. Sus nombres trascienden el tiempo y los espacios, no por su viveza, sino por su fortaleza moral y espiritual.
Algunos no fueron muy pragmáticos. Tampoco grandes políticos. Pero su rectitud nadie la discute y ella constituye su legado para quienes deseen aprender las lecciones. Otros mostraron un pragmatismo pasmoso. Pero sus nombres se relacionan generalmente con lo oscuro, con la intriga y con la traición.
Hoy es la hora de los grandes espíritus. Los pragmáticos nos han llevado a una situación que bien podría calificarse de ridícula si no fuera porque es verdadera. Una vez torcidos los caminos resulta cada vez más fácil seguir enredándose y cada vez más difícil encontrar el regreso. Porque el camino de regreso demanda honestidad y humildad. Precisamente aquellas cosas que se despreciaron al tener a la vista solo los resultados inmediatos que demandaban el sometimiento de la verdad.
Si se espera que los resultados de una idea o decisión sean las que definan el valor de ella es que se ha perdido el sentido de lo verdaderamente valioso. El valor es determinado por la naturaleza de las cosas y son las ideas y las decisiones las que deben supeditarse a los principios. Esos principios que han sido probados en todos los tiempos y que, por lo mismo, son las aspiraciones irrenunciables de los pueblos y que han alcanzado la universalidad.
Pastor General de la Misión Cristiana Elim.
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