La política sin ética es demagogia - infobae

La política bien ejercida puede ser una noble profesión, pero mal ejecutada se transforma en el más vil de los oficios. Ética a Nicómaco de Aristóteles, texto escrito en el siglo IV a. C., es uno de los primeros tratados sobre ética y moral de la filosofía occidental donde se sostuvo lo que hoy se llama una ética de las virtudes. La ética para Aristóteles es una cuestión más práctica que teórica, basada en el hábito y la costumbre. Se conecta directamente con la Política, que trata de cómo debe obrar un gobernante mirando hacia el bien de toda una comunidad. La política sin ética no es política es demagogia, una burda mentira.
Primero los hechos: 1) Llegamos a los 27.000.000 de pobres; 2) 5.080.000 infectados; 3) 109.000 fallecidos; 4) 26.600.000 vacunados con una sola dosis; 5) 9.900.000 vacunados con dos dosis, 6) inflación acumulada en 2021 del 25,43% (en base a lo cual se proyecta superior al 45% para todo el año); 7) la tasa de desocupación según el Indec para el primer trimestre 2021 es del 10,2%, 8) el estimador mensual de la actividad económica es “menos” 2; 9) año electoral; y 10) la foto de Alberto y la “culpa” de Fabiola.
La falta o desapego al cumplimiento de la ley carcome los cimientos mismos de nuestra democracia, máxime cuando se comprueba, por propia confesión, que es nuestro Presidente quien la ha quebrado. El vacunatorio VIP fue una demostración clara de cómo se comportan algunos ciudadanos, que, sin importarles los demás, se ocuparon de protegerse a sí mismos, a sus seres queridos, e incluso a sus “asistentes personales”, mientras iban cayendo los cientos de miles de fallecidos que pasaron a engrosar las estadísticas de la pandemia. Más allá de que la conducta puede ser tipificada como delictiva o no, lo cierto es que resulta claramente amoral y por tanto carente de ética y sentido de solidaridad con el resto de los argentinos. Los que se vacunaron por “debajo de la mesa”, nos faltaron el respeto a todos. En esto, la “viveza criolla” tiene un papel fundamental porque se encuentra arraigada en nuestra forma de ser. Es eso que nos define como argentinos, piolas algunos, chantas otros.
La foto que se dio a conocer donde se puede ver al presidente posando en compañía de otras personas (sin barbijo ni distanciamiento social), un menor y el infaltable Dylan, además de quien la haya sacado y del personal que se ocupó de atender a los “comensales”, nos da un cachetazo en la cara a todos los ciudadanos que sí respetamos la ley y nos enfrenta a un “triple” dilema: ético, de confianza y legal, que terminó por desmoronar la poca credibilidad que le quedaba a nuestro presidente, dejando sin legitimación popular al proyecto que él mismo representa.
Comencemos por los aspectos legales. Quienes participaron de ese evento infringieron el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO), dictado con el “objeto de proteger la salud pública” y por tanto son pasibles de ser denunciados penalmente bajo los términos del artículo 205 del Código Penal. Lo que además ocasiona el agravante de que, al ser el primer mandatario un funcionario público, se encontraba obligado a realizar él mismo la denuncia, con lo cual incumplió sus funciones. Se suma a lo anterior la ley 25.188 de “Ética en el ejercicio de la función pública” cuyas normas también se encontrarían vulneradas por la conducta del Presidente. Esta cuestión deberá ser objeto de investigación judicial para determinar las responsabilidades de los partícipes del hecho con la mayor transparencia que sea posible para no dejar dudas en la ciudadanía sobre su resultado. Una cuestión es la investigación penal, y otra muy distinta el “juicio político” en los términos del artículo 53 de la Constitución Nacional, ya que la coalición de gobierno cuenta con las mayorías necesarias para impedir que avance. Debemos tener en claro las diferencias entre el camino de la “justicia” y el de la “política”, ya que son muy diferentes uno del otro.
La segunda cuestión de suma gravedad es la pérdida de credibilidad de nuestro primer mandatario, que no lo afecta sólo a él (dejándolo huérfano de toda autoridad moral), y a su gobierno, sino que degrada a todos y todas los argentinos por igual. Nos avergonzó. Una nación sin un presidente creíble, carente de los atributos propios de su cargo, corre un severo riesgo de crisis o implosión social, cuestión que viene siendo advertida tanto por propios (De Vido y Grabois) como por el resto del arco político nacional.
Argentina se ha convertido desde hace un largo tiempo en una exitosa fábrica de pobreza conformando un modelo de país destinado a ser la cola del mundo, muy lejos de los años dorados donde nuestra nación era la tierra soñada de todos los inmigrantes. Estamos enfermos de anomia boba y carentes de ética pública que pone a la foto del presidente como la imagen de todo lo que no debió suceder. Si había alguien -tanto por su investidura, como por todo lo que nos dijo, incluso amenazando públicamente a quienes incumplieron- que no debería haber caído en la tentación, era precisamente Alberto Fernández, preso de su impericia y con un futuro debilitado, por no decir desvanecido.
En punto a la credibilidad del primer mandatario resultan aberrantes sus dichos al intentar, de manera burda y aventurada -como si los argentinos fuéramos todos estúpidos- cargar las tintas sobre su compañera. Habla mal tanto del presidente, como del círculo íntimo que lo asesora y aconseja, cuanto menos de manera desafortunada y machirula. Al admitir la veracidad de las fotos, está admitiendo el conocimiento directo de un hecho ilícito, que además ubica a los partícipes mismos en las circunstancias de tiempo, lugar y modo que configuran el hecho doloso.
La administración pública es el instrumento del que se sirve la política para ejecutar los actos para los que fueron elegidos. En plena pandemia, con toda las restricciones que se impusieron desde el poder público a la población, liderar con el ejemplo era el piso, lo mínimo que la clase dirigente debía dar al pueblo. Los hechos nos demuestran todo lo contrario. Los servidores públicos se terminaron sirviendo de lo público para vivir una vida de lujos al mismo tiempo que los “gobernados” sufríamos de la manera cruda la pandemia. Nos gobernaron con el miedo a la vez que disfrutaron de las libertades que el resto de los ciudadanos no tuvimos.
La falta de credibilidad de nuestro presidente hoy es total tras la foto de la discordia. Nos deja con un enorme problema por delante: ¿con qué autoridad moral nos va a imponer nuevas restricciones y sacrificios a la población en caso de ser necesario, ya sea que la variante Delta explote, o la que le siga? ¿Qué explicación le va a dar ahora a los miles de argentinos que se quedaron varados en el exterior a consecuencias de las decisiones de quienes mostraron -las evidencias son contundentes- el más absoluto desprecio por el cuidado de la salud pública?
La buena imagen y credibilidad constituyen un activo apreciado para todo dirigente político. Al perderla pierde legitimidad tanto él como el proyecto político que representa. El descrédito frente a la evidencia de su falta de integridad moral y ética lo coloca en el peor de los lugares, debilitando tanto su imagen y futuro político, como la institucionalidad de su gobierno. Nos pone en riesgo a todos por igual. Precisamente allí radica la importancia de tener una figura presidencial creíble, ya que lo contrario nos daña a todos. El presidente pierde legitimidad al perder autoridad frente al símbolo de la hipocresía en que se ha terminado convirtiendo la “foto” de la discordia. La foto es el símbolo de la burla a los muertos, a los que perdieron su trabajo, a los que debieron cerrar sus empresas y todos los que pusieron el cuerpo para sacar el país adelante frente al avance incansable de una pandemia que no termina de darnos respiro.
Las conductas del Presidente de la Nación son el pilar sobre el cual se conforma su imagen pública a través del tiempo y se va configurando su credibilidad y legitimidad. La ética pública es una cuestión de Estado, en tanto la legitimación de los votos se respalda en la representación de eso para lo que fue elegido. Resultar electo para un cargo público conlleva un comportamiento ético, probo, prudente y mesurado. Quienes administran lo que es de todos no pueden ni deben menospreciar las consecuencias de sus propios actos -por más privados que éstos puedan parecer-. Si en plena pandemia, con las restricciones a las libertades que todos conocemos, el Presidente “posa” para una foto en una reunión “que no debería haber ocurrido”, o se siente impune o es torpe. No hay otra explicación. El problema es que cualquiera de las dos respuestas es nefasta porque nos deja a la deriva y sin rumbo.
El tercer dilema que enfrentamos es ético. La ética pública importa una conducta “acorde” a la función que se ejerce y lleva implícita el compromiso del “elegido” de honrar su posición en la sociedad. No son distintos. No deberían comportarse como una casta de elegidos, y mucho menos, adueñarse de lo que es de todos. Solo deben entender que son “empleados” del pueblo que tienen el honor de gobernar, tomar decisiones que impactan en la forma de vida de todos los ciudadanos y comprender que deben hacerlo de la mejor manera posible, comportándose en todo momento digna y éticamente. Sin ética la política es pura demagogia.
El profesor de derecho penal, carente de toda ética, intentó descargar la responsabilidad en su pareja, en lugar de hacerse cargo de sus propios actos. Con ese accionar no hizo más que situarse en el peor de los lugares, sin autoridad ni legitimación para representar el proyecto político que, desde lo formal, encabeza, ya que todos sabemos quién es la dueña de los votos. Es dable imaginar que no posó para la foto, sonriente, porque le estaban apuntando con un arma, sino que lo hizo de manera voluntaria, cediendo en bandeja todo lo que una vez quiso ser y ya no será.
Nuestro primer mandatario ya no podrá sentarse desde su diatriba discursiva en la silla de la rectitud moral. Ha perdido ese posibilidad a consecuencia de sus propios actos y deberá ser investigado y en su caso juzgado por tales hechos. Lo sucedido con la foto de la discordia es un escándalo de proporciones que nos arrebató de un solo golpe la dignidad ciudadana. Todos nos sentimos, en mayor o en menor medida, vilipendiados por la falta de ética de nuestro mandatario y su séquito.
Para los antiguos Griegos, los hombres probos, que se comportaban acorde a las leyes eran señalados como “hombres de ley”. Nuestro mandatario, por más profesor de derecho que sea, demostró que no puede calzarse ese traje. Le queda grande. La figura presidencial degradada a mero “chanta” nos deja huérfanos frente a la evidencia del divorcio de los actos del mandatario con la realidad de los argentinos. Decía una cosa y hacía otra. La indignación popular y nacional hoy no tiene un techo conocido.
El futuro por venir nos revelará la incógnita.
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