La nostalgia, batalla política, por Isabel Gómez Melenchón - La Vanguardia

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Navidad y nostalgia son sinónimos para mucha gente, en realidad para la mayoría desde que crecemos. Personas que queremos van desapareciendo, la magia se nos escapa entre las manos y apenas podemos reconstruirla como un simulacro cuando la llegada de nuevas generaciones, hijos, nietos, saca del trastero lo que queda del belén. No sufran, esto no va de esa nostalgia, un sentimiento desagradable y pegajoso cuando no se controla. Cada vez que estoy a punto de sentirla voy a la Fira de Santa Llúcia a comprar un pastor o un paje nuevos que sustituyan a los decapitados, ya saben, en casa hay dos gatos.
La nostalgia de la que les hablo es otra, la que mira al mañana, y no es un oxímoron. Lo que está por venir siempre será mejor, pero ¿qué pasa cuando nos planteamos que quizás no lo está siendo? Como siempre, la literatura nos da una pista de por dónde están yendo las cosas. En los digamos dos-tres últimos años una nueva narrativa del yo, alejada de aquella autoficción estética, ha irrumpido con fuerza. Son en buena parte narraciones escritas por mujeres por debajo de los cuarenta, y eso es lo que primero llama la atención. ¿No iban a ser las generaciones más favorecidas, aquellas que iban a disfrutar del mundo nuevo, verde y feliz que los viejos no sabemos apreciar? ¿Qué hacen, mirando hacia atrás? ¿Qué ha sucedido? Pues básicamente: que el futuro iba a venir pedaleando y repartiendo comidas lo han descubierto ya tarde, como la falsedad de mucho de lo que les habían vendido como modernez. Como la autonomía (personal) que en la práctica lleva a salarios bajísimos, las viviendas inaccesibles, la dificultad de construir una familia, todo aquello que desdeñábamos porque lo teníamos seguro. 
Pienso en Ana Iris Simón y la escandalera montada sobre su libro, Feria. No solo ella, y escandalera no tanto aquí, a vueltas con lo de siempre, sino en el resto de un mundo que descubre que algunas cosas del pasado no estaban tan mal, empezando por la seguridad, y no, no es el orden público de lo que hablamos, es de la imposibilidad de tomar decisiones cuando vives a salto de mata. Ese mundo ya no existe y recordarlo se ha convertido en político, porque desvela muchas estafas del presente. Si no han leído el libro, aprovechen estos días. Y que tengan una buena Navidad. Lo necesitamos.
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