La lucha por las "luces" - La Vanguardia

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(Este artículo fue publicado en La Vanguardia el 15 de junio de 1975, a raíz de la publicación de un libro sobre Gregorio Mayans por parte de Vicent Peset)
Poco a poco vamos “recuperando” el siglo XVIIl. Era un siglo ante el cual la historiografía hispánica había mantenido hasta hace cuatro días una actitud prácticamente unánime de aprensión, e incluso de desdén. Para los eruditos de derechas, significaba la ruptura de la “tradición” que ellos consideraban castiza, y para los de la acera de enfrente, el “despotismo” borbónico, no siempre tan “ilustrado” como convenía, tampoco resultaba demasiado sugestivo: unos y otros, además, coincidían en reconocer en aquella centuria una etapa de “decadencia”. Huelga decir que, tras tanta tacañería de curiosidad “histórica”, fluían graves prejuicios ideológicos, y, entre ellos, sobresaliente, el de un nacionalismo enfermizo y ramplón, común a tirios y troyanos. Cuando algunos estudiosos comenzaron a abandonar la óptica de la epopeya y del siglo de oro, no solo se “descubrió” que el Setecientos celtibérico no era tan tétrico como aseguraba la retórica establecida, sino que hasta las postrimerías de los Austrias, a pesar de los “hechizos” y los “duendes” de Carlos II y su corte, merecían una cierta rectificación en los calificativos. Desde el ángulo de los procesos económicos, las investigaciones realizadas ya suponen -con las de Pierre Vilar por delante- un logro seguro, notoriamente iluminador. En orden a la cultura, también vamos consiguiendo puntualizaciones importantes. La imagen de un XVIII mortecino y acurrucado, a nivel intelectual, está sufriendo bastantes correcciones.
Y no se trata, desde luego, de darle la vuelta al calcetín y poner por las nubes lo que antes echaba por los suelos. La penosa rutina de valerse de la “historia” como de un arma -en definitiva- política, gracias a Dios, va de capa caída. Aún hay mucho que rascar, pero el hecho es obvio. En última instancia, para un historiador, no hay, no debe haber “glorias” -glorias nacionales, se entiende- que sistemáticamente se conviertan en medida de lo que “ha ocurrido”. Averiguarlo, sopesarlo, integrarlo en las coordenadas generales del momento, proyectarlo en la trayectoria “temporal” de la comunidad, es lo que cuenta. Y desentrañar el mecanismo de su dinámica: los “antagonismos” permanentes, de clase ,interiores a cualquier clase, doctrinales, de manipulación del poder, de idiomas... Al rescatar el siglo XVIII de su purgatorio académico, lo que se está haciendo es, simplemente, “historia” sin la habitual superstición de las nociones tópicas. Por lo que ya podemos juzgar, el saldo es que no hubo tanta “decadencia” -y valga el término- como se decía, y que, de un modo u otro, hubo una gente animosa que, dentro de lo posible, hizo cuando estuvo a su alcance para “ir tirando” a su aire y, de paso, “avanzar”. Porque eso del “sentido de la historia” no es ninguna tontería... Cuando don Eugenio d’Ors decía que el XVIII era el siglo más distante de la Prehistoria, se refería a Francia. Para los súbditos de los Felipes, los Carlos y los Fernandos, ¡ay!, la cosa no era tan clara...
Gregori Mayans i Siscar
Ahora tengo ante mí un libro excepcional: “Gregori Mayans i la cultura de la ilustració”. La circunstancia de que su autor sea amigo mío de años no influye para nada en mi opinión. El doctor Vicent Peset, vástago -y no el último- de una brillante dinastía de intelectuales valencianos, ha sido uno de los pioneros en la revalorización de la figura de Mayans: mejor, en la revalorización de Mayans y de cuantos antes y en torno de Mayans plantearon la esperanza de “las luces”, primero, en el País Valenciano, luego -con el puente Mayans-Finestres-, en los Países Catalanes, y, finalmente, a escala de la monarquía española. Los Peset son médicos de reconocida y amplia fama, en Valencia, desde el siglo XVIII, precisamente. La familia, liberal y popular, dio de sí los máximos extremos: las preeminencias universitarias, el paredón drástico. Es una lástima que, entre los Peset con pluma en ristre, no haya habido uno con vocación de novelista capaz de escribir la saga de la tribu. Novela o memorias: lo mismo da. Vicent Peset, médico, con veleidades de historiador de la medicina, al principio, ha terminado siendo un historiador “tout court”, quiero decir, rigurosamente profesional, tanto en los enfoques como en los métodos. Si empezó catalogando la terminología catalana de lo que ahora llamamos psiquiatría, a base de textos medievales, su interés final, o actual, es el XVIII, y ya no exclusivamente médico. Porque la “historia” de los médicos le llevaban más allá de las teorías y las técnicas de curar. Y tropezó con don Gregorio.
Don Gregorio Mayans i Siscar fue, sin duda, y repito, sin duda alguna, el intelectual español más activo, más documentado, más abierto, del XVIII. Comparar a Fijo con Mayans, por ejemplo, es una operación ridícula. Don Gregorio Marañón, en su vistoso paseo por el Setecientos celtibérico, no se enteró de nada. Por lo demás, el famoso benedictino gallego no pasó de redactar un “reader-digest”, indiscutiblemente eficaz, pero que no pasaba de ahí. Mayans fue otra cosa. No sólo el Mayans editado, sino -y sobre todo- el Mayans de la correspondencia privada. Los teatinos Casanovas y Batllori dieron a las prensas el epistolario entre Finestres y Mayans. Mosén Antoni Mestre, con el patrocinio del Ayuntamiento de Oliva, amplió considerablemente la perspectiva, con cuatro o cinco gruesos volúmenes. El Mayans ahogado por la reticencias oficiales, por el mangoneo cortesano, por la hostilidad local, resurge a dos siglos de distancia, y se precisa como el único -probablemente único- “español” europeamente presentable... Poco presentable, a mi entender: Mayans, en el fondo, y con toda su sabiduría, fue un beato de pueblo. Pero era lo más que daba la España borbónica. Y los presuntos masones que ocuparon los ministerios no supieron detectarlo. Esa es la “historia” o la “historieta”.
Peset, historiador de la medicina, se encontró con Mayans, que ni era médico ni Cristo que lo fundó, y advirtió la briosa ejemplaridad cultural de Mayans, que incluía también a los médicos, y especialmente a los historiadores de la medicina. Con Mayans entre manos, Peset siguió la pista del personaje más allá de las fronteras de la corona. Y de pronto, impensadamente, en la neutra y descuidada España del siglo XVIII, denostada por enciclopedistas galos, objeto de rencores heredados del falso imperio de la Filipada, Mayans representa un inicio de “conversación”. El tremendamente laborioso papel que Vicent Peset dedica a los “amigos extranjeros” de Mayans, revela hasta qué punto Mayans era, desde su reducto comarcal de Oliva, todo un personaje internacionalmente válido. A Oliva llegaban cartas de toda la Europa: de Dinamarca y de Italia, de Inglaterra y de Alemania, de Francia y de los Países Bajos. De por medio se ventilaban ediciones, intercambios de manuscritos, noticias inmediatas. Eso era la ilustración local. No la pedorrea de los impresos de Madrid, de una mediocridad alarmante, y ni siquiera la escritura docto-vulgarizante del “Teatro Crítico”. Lo que se cocinaba en el País Valenciano -digámoslo todo: en casa del señor Mayans- era otra cosa: era lo único serio... Mayans da la impresión de haber sido un fulano de mal genio y personalmente inaguantable. Pero fue generoso: se pasó la vida ayudando a los demás, facilitándoles noticias, copias de manuscritos o de libros impresos, sugerencias, pistas de estudio, y todo lo que era posible. Un día se darán cuenta, los carpetovetónicos, de lo que Mayans fue, y fue “para ellos”. La obra de Vicent Peset ayuda a ponerlo en claro en términos eminentes.
"Don Gregorio Marañón, en su vistoso paseo por el Setecientos celtibérico, no se enteró de nada".
Otra implicación del tema -su premisa- es abordada por Vicent Peset: la renovación filosófica o científica de finales del XVII. En el aspecto filosófico, eso es poco conocido. Mossèn Frederic Clascar apuntó algo en su juventud de seminarista, en un librito inhallable, y la tesis doctoral de doña Olga Quiroz Martínez, “La introducción de la filosofía moderna en España”, publicada en México en 1949, tirada en 500 ejemplares, es otra información difícil. De estas noticias salta la vista que, en la agonía del barroco español, algo germinaba en contra. No podemos olvidar que la hipótesis de una “democracia frailuna” enunciada por don Marcelino Menéndez, correspondía a una “cultura frailuna”. La “democracia” es discutible, la “cultura” no lo es: está ahí, con una cantidad de monjas y frailes, y clérigos seculares, y laicos, algunos canonizados o beatificados, que responden a la etiqueta. A finales de ese siglo XVII calderoniano, místico, milagrero, aristotélico, casuista, media docena de individuos en Valencia se interesaban por las matemáticas, por Descartes, por Gassendi, por la física, por las autopsias, o sea, por la anatomía “verificada”... Esa “guerrilla” -compuesta, naturalmente, de curas y frailes- fue una irrupción estimulante. Vicent Peset examina sus pasos, en el primer capítulo de su “Gregori Mayans i la cultura de la Ilustració”. Otro volumen distinguido -quinientas páginas más- preparado por Vicent Peset, recogía la correspondencia entre Mayans y los médicos de su alrededor. Eso fue en 1972. Hoy podemos sumar y seguir más datos. Las “Luces”, la lucha por las “Luces”, surgida del culo del barroco, de su agonía, dio un bello resultado. Era el “liberalismo”. Pero a partir de ahí todo es ya otra “historia”...
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