¿Dónde quedó la ética? - Milenio

A propósito de la secretaria de Educación, el problema de cualquier comportamiento público que pretende basarse en una ética intachable es que, cuando no está a la altura de lo prometido, se vuelve doblemente oprobioso. Es el caso, por ejemplo, de los sacerdotes pederastas. Se supone que son personas dedicadas a conectar a los fieles con las divinidades o fuerzas espirituales superiores y suelen tener discursos éticos sobre el bien y el mal.
Muchos apuntan con su dedo flamígero a los pecadores comunes. Algunos de estos ministros de culto incluso justifican sus crímenes ante sus propias víctimas, mediante discursos torcidos. Y el colmo es que, en muchos casos, más de algún fiel de esa religión justifica la pederastia o cualquier otro crimen.
Recordemos, por ejemplo, cuando los seguidores de Marcial Maciel pretendían disculpar al fundador de los Legionarios por sus obras materiales (e ignorando por supuesto los turbios manejos económicos y tendencias sectarias de la congregación). Lo mismo sucede con los liderazgos políticos que pretenden basar su gestión en una agenda moral, como lo hacen los populismos.
En la medida que dividen al mundo en dos (ellos y los demás), inevitablemente se comienza a hacer una política de los buenos contra los malos. En esta perspectiva, quien hace política moral, pretende tener una ética impoluta e incorruptible. Pero cuando comienzan a surgir los actos cuestionables de estos liderazgos, el discurso ético-moralista se tiene que volver mudo, o simplemente cínico.
En un gobierno democrático, donde los funcionarios públicos se asumen como servidores, no como humanos de una especie superior, lo primero que sucede cuando uno de ellos comete una falta éticamente grave, es que, quien es responsable, renuncia o es obligado a renunciar por su jefe. En un gobierno moralista, como el de la autollamada 4T, cuando un funcionario es descubierto por haber hecho algo éticamente cuestionable, se esperaría que por razones eminentemente morales el gobierno no sostuviera a alguien a quien se le comprobaron actos ilícitos, como obligar a sus trabajadores a hacer aportaciones a favor de un partido político.
La permanencia de una funcionaria, como la secretaria de Educación, después de que se le comprobó un delito electoral, sería insostenible en un gobierno verdaderamente ético. Por mucho menos, cayeron otros funcionarios públicos en gobiernos anteriores. Pero en el actual, no pasa nada. Todo se justifica con la misma lógica populista de siempre: cualquier reclamo o exigencia de coherencia, es un complot de las fuerzas conservadoras. Los morenistas no asumen que hicieron algo mal o que le tienen que rendir cuentas a la ciudadanía. Ellos son el pueblo o saben lo que le conviene. La política sigue siendo moralista, pero en el camino la ética se perdió. ¿Quién se acuerda de la “Guía ética para la transformación de México”? Al final, los seguidores de la 4T actúan como los fieles de la Legión de Cristo: los actos no éticos se justifican por un supuesto bien mayor. Quienes critican y señalan son enemigos de su Iglesia. La moral es para predicarla a los demás, mientras que la ética se guarda en un cajón.

roberto.blancarte@milenio.com

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