¿Ciencia económica o política económica? ¿De qué hablan los economistas cuando hablan de economía? - Revista ESPEJO

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La primera misión de un economista debería ser luchar por recuperar nuestra auténtica misión, que no es otra que la de contribuir a que todos los seres humanos puedan satisfacer dignamente sus necesidades.
Hoy he decidido dedicar este espacio para compartirles dos documentos. El primero es parte del mensaje que dirigí a los graduados en la Licenciatura en Economía en 2017, cuando era director de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la UAS y el otro, es un documento titulado de ¿De qué hablan los economistas cuando hablan de economía? Creo que los textos se complementan y espero resulten de utilidad para comprender mejor lo que estudian y lo que como profesionistas hacen los economistas. Aclaro que el primer texto es una mezcla de ideas propias con aportaciones que incorporé de colegas que han analizado el papel y el desempeño de los economistas en la sociedad. El segundo está tomado casi en forma textual de su fuente original, pero sinceramente lo tenía entre mis archivos, lo encontré, lo leí y me gusto para compartirlo con ustedes, pero en su momento no registré quien era el autor y hasta ahora no lo he podido encontrar. Le debo los créditos.    

Empecemos con el mensaje a los entonces recién graduados
Les dije, hoy se convierten en profesionistas de una carrera que forma parte de las ciencias sociales, dentro de las cuales muchos reconocen que existe un orden jerárquico implícito que parece estar dominado por la economía. Los economistas solemos vernos en la cúspide o cerca de la cúspide de la jerarquía de las disciplinas. A esa conclusión se llega a partir de la valoración de que el resto de los científicos sociales y los politólogos – dicho sea con todo respeto- tienen herramientas analíticas menos poderosas y saben menos que nosotros, o al menos eso creemos. Según la puntuación en el GRE y otros criterios, nuestra disciplina atrae estudiantes más fuertes que los suyos, y nuestros cursos son matemáticamente más exigentes.
A primera vista, el mercado de trabajo académico parece confirmar el juicio endogámico sobre el estatus más alto de los economistas. Para empezar, somos los únicos científicos sociales que tenemos un premio “Nobel y, al menos en Estados Unidos, los economistas ganan más y tienen mejores perspectivas que los físicos y los matemáticos. A diferencia de los académicos de ciencias teóricas y humanidades, los economistas famosos tienen la oportunidad de obtener ingresos por consultoría, inversiones y compañías privadas, y tienen participación en juntas directivas empresariales.
Otras reflexiones apuntan en sentido de que, sin embargo, el estudio de la economía no parece exigir ningún don especializado de un orden excepcionalmente superior. Muchos se preguntan… ¿Qué no es en realidad una disciplina muy fácil comparada con las ramas superiores de la filosofía o las ciencias puras, como las matemáticas y la física? Pero entonces, ¿por qué si es una disciplina fácil son muy pocos los que la estudian y son menos todavía los que sobresalen? La paradoja tal vez tenga su explicación en que el economista experto debe poseer una rara combinación de dones. Debe ser en cierta medida matemático, historiador, estadista y filósofo. Debe comprender los símbolos y hablar en palabras. Debe contemplar lo particular desde la óptica de lo general y considerar en un mismo razonamiento lo abstracto y lo concreto. Debe estudiar el presente pensando en el futuro. Ningún aspecto de la naturaleza del hombre o de sus instituciones debe quedarse al margen de su consideración. Debe ser simultáneamente decidido y desinteresado; tan distante e incorruptible como un artista y, sin embargo, a veces tan cerca del suelo como un político.  
Y a propósito de políticos, no hace mucho leía que, al igual que ellos, los economistas gozamos de una impunidad envidiable, ya que por el diez por ciento de los errores que cometen, cualquier otro profesional terminaría con una deliciosa patada en el trasero, pero nosotros no. Yo creo que lo que pasa es que existe un condimento milagroso en estas profesiones. Nos equivocamos siempre y la gente sigue consultándonos.
Obviamente y en compensación a lo anterior, existen ideas que son más optimistas y quizás más extremas acerca de nosotros los economistas. Por ejemplo, sabían ustedes que hay quien alude a su condición de economista, diciendo que escogió ser economista para dejar de ser un simple mortal. Hay otros que creen que ser economista es un estilo de vida. También alguien dijo alguna vez que qué bueno que era economista. Que así, gracias a dios y a su carrera, no se tragaba entero todo lo que dicen los políticos.
Pero definitivamente no todo lo podemos tomar a broma. En este día se convierten en profesionistas y la sociedad espera de ustedes respuestas y contribuciones. Quizá no todos trabajen como economistas, pero eso, sin dejar de ser relevante, no es lo más importante. Lo importante, creo yo, es cómo van a contribuir a resolver los problemas de la región y del país.
Tengan presente que la economía finalmente es una cuestión política, porque en ella no hay verdades objetivas que puedan ser establecidas sin que medien juicios políticos y, a menudo, éticos. Por lo tanto, al enfrentarse a un razonamiento económico, hay que plantearse siempre la antigua pregunta, ¿quién se beneficia con lo que hago? Sin embargo, afirmar que la economía es un argumento político no significa aceptar que todo se vale, pero sí quiere decir que nunca se debe dar crédito a ningún economista que afirme que sus análisis son científicos y no valorativos.
Es verdad que actualmente gran parte de la economía gira en torno al mercado y que hoy en día la mayoría de los economistas suscriben los principios de la escuela neoclásica, según la cual la economía es una red de relaciones de intercambio. Pero la economía no debería ser equiparada con el mercado, ya que el mercado es solo una de las muchas maneras de organizar la economía. Yo como otros pienso que no lograremos construir una buena economía —ni una buena sociedad— si no dirigimos la mirada a la vastedad de opciones que se extienden más allá del mercado.
Estoy convencido que el mercado y el amor por el dinero que este pregona es el causante de tanta corrupción, de tanto narcotráfico, de tanta pobreza y de tanto afán por cosas que no valen la pena. Creo que los economistas debemos tener presente una y otra vez las consecuencias negativas que el mercado provoca en la conciencia política, a nivel individual y colectivo, de cualquier sociedad.
Por otro lado, y como parte del mismo problema, sucede que estamos en el momento de mayor desigualdad económica en la historia. Joseph E. Stiglitz, uno de los economistas más influyentes de nuestros tiempos, considera que una gran brecha separa a los muy ricos de los demás, y esa desigualdad, se ubica hoy en el centro del debate económico. La preocupación por esta situación alcanza incluso a ese uno por ciento privilegiado, que empieza a ser consciente de la imposibilidad de lograr un crecimiento económico sostenido si los ingresos de la inmensa mayoría están estancados. 
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El asunto es que fenómenos como el de la pobreza y la desigualdad en la distribución de la riqueza, pueden estudiarse desde distintas ópticas y su impacto en el comportamiento de la sociedad puede ser también analizado desde distintas perspectivas. Pero lo que resulta innegable, es que su agudización es expresión de los modelos económicos de boga en todo el mundo. Se trata de modelos que diseñan e implementan economistas, para satisfacer los apetitos de poder económico y político de unos cuantos. Por eso es importante, al estudiar economía, aprender cálculo, estadística, econometría, teoría de juegos, finanzas, organización industrial, micro y macroeconomía, pero sin olvidar que la economía es, ante todo, un tema social, en el que están involucradas personas y relaciones personales, con toda la complejidad que ello implica.
Por todo ello, hoy la primera misión de un economista debería ser luchar por recuperar nuestra auténtica misión, que no es otra que la de contribuir a que todos los seres humanos puedan satisfacer dignamente sus necesidades.
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Es evidente que la situación es complicada y requiere de ustedes mucha preparación y compromiso profesional y social. Pero todos los días tenemos la oportunidad de ser mejores, de hacer cosas que no hemos hecho. Todos los días tenemos la oportunidad de madurar un poco más y un día como hoy, cuando alcanzan una de las metas más importantes que se habían trazado, parece ser una buena oportunidad para intentarlo, para empezar a ser diferentes.
Nadie duda de que los economistas tienen un rol estelar en el mundo actual. La ciencia económica es considerada como el remedio y la clave para la solución de los problemas mundiales, en el discurso político al menos. Y no pocas gentes les hacen caso como si fueran oráculos. Por otra parte, está la ahora mítica imagen del economista que profetiza que todo marcha muy bien (mal), mientras que, por el contrario, todo pareciera marchar muy mal (bien). Y claro, una explicación simple y breve sería que los economistas sólo dicen lo que los poderosos quieren escuchar. Pero esto también ha acarreado desprestigio sobre la economía como ciencia. Por lo tanto, antes de leer el diario o arrojar alguna piedra, metafórica o literal, bien podemos preguntarnos de qué hablan los economistas cuando hablan de economía. Porque a lo mejor todo lo que hay no es sino un monstruoso malentendido. Así es que, examinemos por un instante el discurso de los economistas, qué es lo que dicen, qué es lo que deberían decir, y cómo deberían decirlo.
Lo primero que debemos mencionar, es la separación entre ciencia económica y política económica. Dicho de manera muy simple, la ciencia económica es la descripción de cómo funciona la asignación de riquezas dentro de una sociedad. En otros términos, es la descripción de cómo las decisiones de los agentes económicos influyen en la creación o destrucción de riqueza para ellos y para los demás. La palabra clave aquí es descripción. La ciencia económica no recomienda ni receta nada: sólo se limita a decir las cosas como son. Una descripción hecha por la ciencia económica puede ser correcta o incorrecta, según si se ajusta a los hechos o no. La política económica, por el contrario, se trata acerca de cómo queremos que sea la sociedad, en lo que a asignar recursos se refiere. La política tiene que ver con decisiones de orden valórico. Así, las decisiones de política económica no son correctas o incorrectas en lo que se refiere a la realidad, sino a una determinada escala de valores.
Un ejemplo práctico nos ayudará. Tomemos la afirmación clásica de que “si aumentamos la recaudación de impuestos, el Estado tendrá más recursos para invertir en programas públicos”. Esa es una afirmación de ciencia económica, porque describe un hecho: si se recaudan más impuestos, en efecto las arcas fiscales estarán más llenas, y habrá más fondos para programas públicos o para lo que se tercie; asumamos para efectos que los funcionarios actúan con eficiencia a la hora de recaudar, y con corrección a la hora de resistir la tentación de no llevarse ese excedente para la casa, sólo para no complicar las cosas por el minuto. En cambio, la afirmación “deberíamos aumentar la recaudación de impuestos para que el Estado tenga más recursos para invertir en programas públicos” no es una afirmación científica sino política: no hay nada correcto o incorrecto en esa afirmación porque no estamos evaluando la realidad, sino expresando valores: consideramos que los programas sociales son tan importantes, que estamos dispuestos a sacrificar el bienestar económico de los privados para financiarlos. Si analizamos las afirmaciones contrarias, la diferencia se hace más aguda. La frase “si aumenta la recaudación de impuestos, el Estado tendrá menos recursos” es incorrecta, por razones que la más sencilla aritmética revela: esta afirmación no es científica. En cambio, no hay nada incorrecto desde el punto de vista científico con la frase “deberíamos disminuir la recaudación de impuestos, aunque el Estado tenga menos recursos”, porque no estamos describiendo una realidad, sino sólo expresando un valor, a saber, que es mejor dejar el dinero en el bolsillo de los privados aún a costa de los programas sociales del Estado. Otro cuento es la corrección valórica de tal afirmación, lo que dependerá de la escala de valores de quien la formule. Así, un monetarista ortodoxo valoraría dicha frase de manera positiva, mientras que un socialista o comunista también ortodoxo la valoraría de manera negativa. Ese es un debate en el cual por supuesto no entraremos aquí: sólo queremos marcar la diferencia entre ambos grupos de afirmaciones.
Hasta ahí es muy sencillo. Pero las cosas se complican. Por un lado, la economía tiene una desventaja como ciencia: trata con gente.
Un veterinario puede estudiar a un perro y un geólogo una roca, y el perro cuando mucho morderá al estudioso, y la roca cuando mucho aprovechará cualquier descuido del geólogo para vengarse resbalando y cayéndole sobre el pie; pero en principio, las opiniones del estudioso a la hora de estudiar al perro o la roca le serán indiferentes a estos sujetos de estudio. El economista, en cambio, si intenta observar la sociedad y operar sobre ella para experimentar, tendrá resultados que serán demasiado complejos para obtener conclusiones definitivas, en parte por la reacción de las personas, y en parte porque la sociedad misma es tremendamente compleja.
Además, están los intereses creados. Como con las afirmaciones de política económica no se puede decir que sean correctas o incorrectas, no hay manera de ganar un debate de esta naturaleza. Por lo tanto, los políticos y economistas suelen optar por el camino de disfrazar afirmaciones de política económica, como si fueran afirmaciones de ciencia económica.

Tomemos un ejemplo. Una frase recitada como mantra en estos días es “si flexibilizamos el mercado laboral, habrá más empleo”. En realidad, la afirmación es cierta en términos de ciencia económica, pero este empleo será también un empleo de peor calidad, porque la misma ciencia económica enseña que al disminuir las protecciones al trabajador, el empleo se hará más precario. Lo que tenemos por lo tanto es una afirmación disfrazada de ciencia económica, pero que no lo es: es una afirmación de política económica. Lo que el economista o político de turno quiere decir en realidad es “debemos flexibilizar el mercado laboral, y que el grueso de los trabajadores sufra precarización es un mal necesario”. El problema es que, si lo dijera así, se encontraría con una violenta oposición por parte de quienes no quieren flexibilizar el mercado laboral, por lo que debe disfrazar sus afirmaciones como ciencia económica para tener un mínimo de respetabilidad. Y la gente que no entiende de la diferencia entre ambos grupos de afirmaciones, o se compra el discurso porque viene avalado por los aromas de santidad de una actividad científica, o lo combate por sus consecuencias prácticas sin darse cuenta de que la ciencia económica no es su enemiga porque esta última es valóricamente neutra.
Al prestarse al juego de venderse a la política económica, y en particular a ciertas políticas económicas bien conocidas en particular, los economistas han terminado por desprestigiar su propia disciplina.
Los economistas tratan todo lo posible de que sus recomendaciones aparezcan avaladas por la ciencia, pero la trampa es que desde el momento en que dejan de describir y pasan a recomendar, ya no están actuando como científicos sino como políticos. Por supuesto que lo negativo no es que los economistas hagan recomendaciones políticas: nadie mejor que ellos para hacerlas, habida cuenta de que son los mejores expertos dentro del campo. Lo negativo es trasvestir afirmaciones políticas, que pueden ser cuestionadas desde el punto de vista valórico, y en última instancia de qué queremos como proyecto de sociedad, en afirmaciones científicas que estarían así blindadas de cualquier crítica valórica.
La ciencia económica es algo positivo, porque nos ayuda a entender cómo funciona la sociedad como un todo, y es la base para implementar políticas económicas. A la vez, la política económica es importante porque ayuda a guiar el funcionamiento global de la sociedad en lo que a asignación de recursos se refiere. Pero para obtener el mejor rendimiento de ambas actividades, la ciencia y la política, es necesario mantener las aguas separadas. Se pueden practicar ambas actividades incluso al unísono, pero sus conclusiones deben separarse. Si no se separan, el economista está pecando por falta de honradez intelectual.
Pero no debemos culpar de todo a los economistas que por ego académico o por intereses creados tratan de pasar ideologías por ciencia. También la culpa de este travestismo la tiene el grueso público. Si el común de la gente no entiende de economía y no sabe cómo funcionan las cosas, es fácil engañarle. En así que se allana el camino para que la práctica de la economía termine por transformarse en el mero recitar de mantras y consignas, tanto por parte de los liberales como de los socialistas, por ponerles nombre a las dos posiciones más importantes de los debates económicos cruzados. Nadie está diciendo que el grueso público deba tener un magister en finanzas o algo, pero entender cómo funcionan los aspectos más básicos de la economía ayudaría un montón a separar el grano de la paja, y a valorar la actividad de los verdaderos economistas por sobre los que fungen de portavoces de intereses económicos creados y más o menos inconfesos.
Para terminar, dos frases que el texto también incluye: “Hay dos tipos de economistas, los que se preocupan de que los ricos tengan más y los que nos preocupamos de que los pobres sean menos pobres “ (José Luis Sampedro) y “ Es necesario recordar que a los economistas se les evalúa en función de lo inteligentes que parezcan, y no con una medida científica de sus conocimientos de la realidad” (Nassim Taleb).
Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.




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