Camilo Tiscornia: “Lograr un acuerdo con el FMI implica cambiar la política económica” - LA NACION

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Es licenciado en Economía por la Universidad Católica Argentina (UCA) y completó su maestría en Economía en la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT); fue gerente de Análisis Macroeconómico en el Banco Central. Se especializa en la elaboración de modelos econométricos y dirige la consultora C&T Asesores Económicos
Para Camilo Tiscornia, el análisis de la evolución de la economía en 2021 muestra señales positivas, como el rebote del PBI tras el desplome de 2020 y la suba del nivel de empleo, pero también permite ver que se arrastran desequilibrios que se reflejan en datos negativos, como el incremento del índice de inflación, la caída de las reservas del Banco Central y el retraso de las tarifas de servicios públicos. “El crecimiento del nivel de actividad es el único aspecto en el que los resultados han sido buenos”, dice el economista, director de C&T Asesores Económicos, la consultora que encabeza junto a su colega María Castiglioni.
Según evaluó en un diálogo con LA NACION, la expansión del PBI por encima de los porcentajes que se habían proyectado se explica por el escenario global y por un impacto de la pandemia que resultó menor al esperado. “Hubo una combinación entre un escenario internacional muy bueno, sobre todo en materia de precios de commodities, y el hecho de que el impacto del Covid no fue tan gravoso para la actividad económica. Los economistas pensábamos que la actividad iba a estar complicada con restricciones, pero el Gobierno empezó a liberar bastante rápido muchas actividades, sobre todo en el tercer trimestre”, dice el analista.
Y agrega: “Los datos muestran que en todos los meses de ese período [el tercer trimestre] hubo un crecimiento del 1% en términos desestacionalizados, aunque hubo un freno en octubre. Y eso fue porque se liberó mucho y muy rápido. A eso le sumaría el esfuerzo fiscal y monetario que se hizo después de las PASO, para mejorar el contexto con vistas a las elecciones generales”.
Para 2022, el escenario luce sombrío, según Tiscornia. Más allá de que, en principio, el contexto internacional y los precios de los commodities son auspiciosos para la Argentina, hay varios factores negativos. Y enumera: el deterioro del mercado de trabajo, con mayor expansión entre quienes son cuentapropistas; el atraso del tipo de cambio; el crecimiento de los pasivos del Banco Central, y la persistencia de la inflación.
–¿Cómo fue el mayor crecimiento que hubo del PBI en 2021, si se miran los diferentes sectores de la economía?
–No fue algo homogéneo, claramente, pero hubo una recuperación bastante generalizada. Se ve, obviamente, que los sectores que más crecieron en los últimos meses son los que estaban antes más cerrados, y por eso lo asocio a que el Gobierno liberó bastante rápido y dejó de haber muchas restricciones. Si se mira el Estimador Mensual de la Actividad Económica del Indec, en el tercer trimestre lo que más creció fue la actividad en los servicios personales y comunales, en los hoteles y restaurantes y, en un punto, también en el comercio. Eso refleja mucho que hubo un efecto de las aperturas.
–¿Cómo impactó la suba de los precios de los commodities y que puede esperarse para 2022?
–Si se mide el peso del agro sobre el PBI, lo que importa son los volúmenes de producción y los precios no afectan. Pero la suba de precios sí tuvo un impacto macro, y es que contaste con más dólares en la economía respecto de los que estaban proyectados, y eso hizo que otros sectores pudieran funcionar mejor. La pregunta del millón es qué viene en 2022. La falta de dólares es el punto más álgido en la Argentina, y por eso las exportaciones de commodities son claves. Hace dos meses, la perspectiva era que no hubiera grandes cambios, más allá de que las ventas se mantenían en un buen nivel. Sí se esperaba un recorrido al alza para el petróleo, que es un tema bastante complicado porque somos importadores netos. En las últimas semanas hubo algunas subas de precios de commodities porque faltan lluvias en el cono sur, y eso está cambiando un poco las perspectivas para la soja, que está en su valor más alto desde 2012. Por ahí empieza a pegar la sequía, que favorece en precios pero afecta en volumen. Hay que pensar en pasar el verano y ver qué pasa.
–¿Qué observa en materia de empleo en el país?
–El último dato de desempleo fue bastante bueno y eso está muy ligado a la actividad económica. Pero es más complejo, porque lo que se creó es mucho trabajo por cuenta propia. El número de empleos mejoró bastante, pero la calidad de los puestos de trabajo no es la mejor y, por otro lado, la cantidad de gente en el mercado se redujo pospandemia. Hay personas que consiguieron trabajo y muchas quedaron sin, pero dejaron de buscar, es decir, salieron del mercado. Y eso es una parte mala. Hay dos temas. Uno está muy ligado a lo macro, porque pensar en un crecimiento del empleo sin aumento del PBI es muy difícil. Esa es la clave. Otra cosa que está pasando es que es muy gravoso crear empleo formal en la Argentina. No es solo el salario en blanco, sino el pago de las cargas sociales y los costos de la litigiosidad, que juegan en contra de crear empleo. Eso favorece el cuentapropismo, el crecimiento de los monotributistas y la tercerización.
–¿Qué otros datos negativos observa?
–En materia de inflación la cosa no anduvo para nada bien. Con los datos que tenemos hasta ahora, diciembre estará cerca del 4,5% y, entonces, cerraríamos 2021 en 51%. Y eso que en el año tuvimos la falta de ajuste en las tarifas de servicios públicos, además de precios regulados y congelamientos, y un dólar oficial subiendo 1% por mes, bien por detrás de la inflación. Es un mal dato. Y lo que hay detrás es la dimensión monetaria, que está muy presente. Siempre que uno se mete en la discusión de cuáles son las causas de la inflación, hay gente que tiene el enfoque de lo multicausal, y otros que se concentran exclusivamente en lo monetario. Este punto es clave, porque hay una relación indudable, pero es muy difícil de cuantificar con precisión. El efecto inflacionario de la emisión monetaria no llega inmediatamente. Hay mecanismos de transmisión que tardan en tener efecto y, por eso, es difícil de detectar. Mucho de la inflación de este año viene de la emisión de 2020 y también de la de 2021, que fue tan grande que deja un piso de inflación asegurada hacia adelante.
–¿Qué puede esperarse para este año, 2022?
–La emisión pone un piso muy alto, si se mira la cantidad de dinero. La base monetaria no es la mejor medida; yo prefiero mirar el m2, que es un indicador que, además del circulante, toma en cuenta los depósitos en los bancos. Eso es un 54% más alto que un año atrás, cuando la base monetaria subió alrededor del 37%. Ese aumento fuerte habla de un proceso de emisión monetaria explicada por distintos motivos, donde lo fiscal fue dominante. Y genera un piso a la inflación. Eso empieza a retroalimentarse, porque cuando es tan alta, todo el mundo espera que siga alta, y se genera una inercia de expectativas. Y ni hablar si vienen ajustes de tarifas, suba del dólar más rápido que este año, o correcciones de precios congelados.
–¿Qué otros indicadores mira para evaluar qué podría pasar en 2022?
–La evolución del déficit fiscal sin ingresos extraordinarios como fueron los DEG es un tema. Las reservas del Banco Central están virtualmente en cero. El dólar está cada vez más atrasado, porque se pasó de una situación cómoda con el tipo de cambio real a una situación bastante ajustada. Se atrasaron las tarifas de servicios públicos y se van agravando las distorsiones en lo que hace a la oferta, sobre todo en el mercado energético. Se trabaron importaciones y eso complicó el funcionamiento de varios sectores. Se aumentó la presión impositiva y se agravó el déficit cuasi fiscal por el gran aumento de los pasivos del Banco Central, como las Leliq.
–En 2021, el Gobierno contó con la recaudación del impuesto a la riqueza y con los DEG del FMI. ¿Cuál es su evaluación sobre el tema fiscal para este año?
–Algo de mayor presión impositiva va a haber, ya se observa con Bienes Personales. Lo sorpresivo de 2021 fue el giro de los DEG del FMI. Fue un maná del cielo que le permitió al Gobierno no solo achicar el déficit fiscal, sino también seguir postergando el acuerdo con el FMI. Sin ese ingreso, en septiembre hubiera aparecido el dilema de sacrificar reservas genuinas o entrar en default, pero con los DEG pudieron pasar las elecciones y ahora se terminó. Estos meses plantean el dilema.
–¿Qué puede esperarse del acuerdo con el Fondo Monetario?
–Trato de despiezarlo en partes. El Gobierno lo que busca y lo que más le importa es no caer en default. Lo quiere evitar. Y el principal foco del acuerdo es patear los pagos de 2022, que nunca se van a poder hacer, de forma ordenada, y que no pagarle al FMI no genere ruido. Pero la otra dimensión es lo que hay que entregar para el acuerdo, a qué se van a comprometer. En algún punto es la parte más importante, porque implica cambiar la política económica y hacer correcciones a lo que el Gobierno viene haciendo. Y el escenario lo va a obligar a tragarse el sapo. La negociación va a seguir siendo trabada. Muchos colegas vieron que, por lo apretado de la situación de las reservas, y con la idea de que no quiere caer en default con el FMI, el Gobierno iba a ir corriendo a un acuerdo. No es así. Quieren un acuerdo, pero lo van a hacer de esta forma, yendo y viniendo. Mientras, el Fondo va a pedir cosas en materia fiscal, en el tipo de cambio y en las tarifas, y veremos si lo que el Gobierno propone alcanza o no.
–¿Cómo analiza la situación con los diferentes valores del dólar?
–El oficial, que es el más relevante desde el punto de vista del comercio exterior, ya está en un nivel medio crítico. Arrancó el año cómodo y termina en un nivel crítico. Lo preocupante es la tendencia, que no es claro cómo se cambia, porque aparece el juego entre el nivel de tipo de cambio nominal y la inflación. Hasta acá, no se ve un escenario donde el tipo de cambio le gane a la inflación. En diciembre aceleraron y probablemente termine el mes con una suba de 2%, pero la inflación va a ser de más del 4%, con lo cual se sigue atrasando. Y también el Gobierno está paralizado, porque ve que el dólar se atrasa, que debería tocar más rápido el tipo de cambio, pero sabe que se le va a la inflación. Y sin un plan antiinflacionario creíble, repetir lo de 2014, con una devaluación de un día para otro, es probable que rápidamente se agote, que esa devaluación se pase a precios y no haya mayores resultados en competitividad. La evaluación del FMI sobre el préstamo que entregó al gobierno de Macri, de alguna forma medio ingenuamente dice que se subestimó el efecto del traspaso de la devaluación a precios. En todo momento hacen hincapié en que el tipo de cambio flotaba, pero lo que no terminan de ver es que, como lo que se hacía en el resto del plan no era creíble, cualquier suba en el tipo de cambio se iba a inflación. Ganaste algo de competitividad, pero la inflación se disparó. Ese es un foco de tensión con el FMI, y el Gobierno, sabiendo eso, va más por el lado de los controles que por sincerar el tipo de cambio nominal.

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